Universidad Rey Juan Carlos
COMPARATIVA
DE LOS
MANDATOS DE TRUMP
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PRIMER MANDATO
SEGUNDO MANDATO
Great-Power Competition
Con la llegada de Donald Trump en 2016, la política estadounidense derivó hacia una estrategia de competición y de enfrentamiento con los rivales principales: China y Rusia (great-power competition), . Una política exterior clara: mantenerse por encima de ellos, mantener Estados Unidos como la hegemonía mundial
bilateralidad y rivalidad con aliados tradicionales
Sin embargo, el retorno de Trump como presidente desencadenó rápidamente en la ruptura del modelo de competencia contra las potencias revisionistas y autoritarias (en defensa del orden liberal y la democracia). La nueva administración Trump pasó de la competencia directa con China y Rusia a la búsqueda de acuerdos bilaterales y negociaciones comerciales, a través de la búsqueda activa de reuniones bilaterales.
El segundo mandato de Donald Trump inició con el cambio de pasar de competir con sus principales rivales a oponerse con sus aliados tradicionales.
Competición y hegemonía
Aun así, este giro de la política exterior mantiene el principio iniciado en 2017 de great-power . Un acercamiento estratégico al presidente Vladimir Putin se puede entender desde la intención de romper la alianza entre China y Rusia o, por otro lado, como seguimiento de una política más realista de acercamiento a las grandes potencias basada en intereses nacionales. Sin embargo, Goddard (2025) afirma que la visión de Trump no es great-power competition sino great-power collusion, similar a la Europa del Siglo XIX (Concierto de Viena): un mundo liderado por hombres fuertes que trabajan juntos, no siempre de forma armoniosa, pero con un objetivo común, para imponer una visión compartida del orden mundial al resto. En ese marco, se sirve de la competición con China para tratar de imponerse como el más fuerte y mantener a Estados Unidos como la nación predominante.
La competición ha sido un elemento central de la política exterior estadounidense, pero en el siglo XIX parece haberse convertido en un fin en sí mismo más que en un medio para un objetivo coherente con la política estadounidense.
Trump 2017: competencia estratégica frente a Rusia y China
En 2017, la estrategia de Trump presentaba a Estados Unidos como víctima en un mundo peligroso con potencias revisionistas que buscaban debilitar sus intereses y, a la vez, como héroe: la mayor potencia capaz de defender sus intereses y los de sus aliados, y principal representante de la democracia y la libertad. Para Trump, el antagonismo hacia Rusia y China se basaba en los intereses nacionales. En todo caso, desde el primer mandato de Trump hasta el inicio del segundo, la política exterior estadounidense se amparó en la justificación del modelo competitivo frente al de cooperación por la existencia de actores antagonistas, interpretando las acciones de China y Rusia a través de la defensa estadounidense:
- La guerra de Rusia contra Ucrania como ataque al orden liderado por EE. UU.
- La militarización china en el mar del Sur de China como intento de expansión de sus intereses sobre los de Washington en el Indo-Pacífico.
Trump 2.0: giro táctico y realineamiento transaccional
En su segundo mandato, pese a mantener una narrativa confrontativa y agresiva, Trump proyecta un giro táctico: “convencerles de trabajar junto a él para gestionar el orden internacional” . Un ejemplo surge en Truth Social (febrero), los supuestos avances de sus negociaciones con Putin sobre la guerra en Ucrania, apelando a la “Great History” compartida y a los vínculos de la Segunda Guerra Mundial. Desde Moscú llegaron ecos compatibles con ese enfoque: Feodor Voitolovsky planteó que “We can emerge with a model that will allow Russia and the United States, and Russia and NATO, to coexist without interfering in each other’s spheres of interests” , al hilo del trabajo conjunto para perfilar un acuerdo de paz en Ucrania en marzo.
Este Trump 2.0 gestiona la política exterior como un ejecutivo, trasladando lógicas comerciales y transaccionales de búsqueda y maximización de beneficios propios. Así, moldea las relaciones internacionales según su utilidad para sus intereses, en estrecha conexión con sus prioridades domésticas, más que en función de compromisos sostenidos con aliados o de una confrontación sistemática con potencias revisionistas.

La estrategia de “anclaje y costes hundidos” de Trump consiste en imponer de entrada medidas punitivas —especialmente aranceles— para fijar un anclaje negociador alto y demostrar compromiso asumiendo pérdidas inmediatas. Ese movimiento inicial empeora la mejor alternativa sin acuerdo del rival y lo empuja a negociar, ofreciendo concesiones —acceso a mercado, compras dirigidas, inversión, propiedad intelectual o ajustes en cadenas de suministro— a cambio de rebajas parciales de las medidas.
Sus defensores la presentan como un proteccionismo correctivo ante desequilibrios persistentes: déficits comerciales, procesos de desindustrialización, subsidios estatales de terceros países y vulnerabilidades en sectores estratégicos. Bajo esta lógica, el arancel no es un fin, sino un instrumento para reequilibrar términos considerados desfavorables y reordenar prioridades económicas y tecnológicas.
El enfoque, sin embargo, acarrea costes y riesgos. En el frente interno encarece importaciones, traslada presión a consumidores y empresas, y expone a los exportadores a represalias. En el externo puede escalar de guerra arancelaria a disputas tecnológicas y financieras, deteriorar la confianza, endurecer la formación de bloques e incluso una guerra convencional.
FIN DEL MANDATO TRUMP 2.0
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